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A mis abuelos, gracias por enseñarme a ser feliz.
Buena Vida

A mis abuelos, gracias por enseñarme a ser feliz 

Aunque hoy me cuidan desde el cielo, jamás olvidaré nuestras tardes de dominó, los sabores de su cocina y el café con pan de las mañanas

Por: Brenda Colón Navar

A mis abuelos, gracias por enseñarme a ser feliz.(Unsplash)

A mis abuelos, gracias por enseñarme a ser feliz. | Unsplash

Siempre que celebramos el amor pensamos en la pareja, en los grandes amigos que han luchado a nuestro lado en incontables batallas, pero creo que también valen mencionar a esos amores que nos marcan la vida. A mis abuelos, gracias por ser parte de mi vida y enseñarme a ser feliz. 

Como muchas mujeres y hombres que conozco, mis abuelos fueron gran parte de mi vida, ellos me cuidaban mientras mi mamá y mi papá iban a trabajar y aunque era difícil cuando se iban, ellos hacían la espera mucho más llevaderas. 

Recuerdo bien que mi abuela ponía un poco de café en mi leche y me hacía sentir grande cuando lo tomábamos por las mañanas con un pan. Tuve la fortuna de que mi abuelo estuviera jubilado cuando llegué al mundo, así que también fue uno de mis grandes cómplices en mis primeras aventuras. 

Mi abuelo iba por mí al kínder, siempre llegábamos a la tienda y me compraba lo que se me antojaba, así que al llegar a casa no tenía hambre y mi abuela lo regañaba por malacostumbrarme, él decía que no volvería a pasar mientras me hacía un guiño señalando que nada cambiaría. 

Por las tardes, mientras mi abuela veía su novela favorita, mi abuelo me enseñaba a jugar baraja y dominó, siempre decía que uno tenía que saber sus partidas para que nadie le viera la cara y no podía tener la boca más llena de razón. Mi abuela no quería, decía que eran juegos de hombres, pero él insistía en que había que estar preparada para todo.

Mis abuelos siempre me dieron amor, me consintieron, me ayudaron a sufrir menos cuando papá y mamá se iban a trabajar, me cuidaron como una hija más todo el tiempo que pudieron hasta que Dios los llamó. 

Hicieron tanto por mí, que no me costó cuando las cosas cambiaron, cuando los años cayeron y ahora me tocaba a mí prepararles algo de comer, llevar a mi abuela al mercado para hacer sus compras, acompañarlo a él al banco para cobrar su jubilación y llevarlos al doctor para que siempre estuvieran vigilados de la presión y la diabetes. 

Para mí eran otros papás, la vida me había dado las cosas al doble y vaya que fue difícil dejarlos ir. 

A mis abuelos, gracias por enseñarme a ser feliz. Unsplash

Basta un instante para sentirlos en el corazón 

Fue muy extraño porque su partida fue inesperada, pero meses antes apareció el hombre que sería mi esposo, fue como si se fueran tranquilos de saber que habría alguien más cuidándome. 

Con mis abuelos aprendí que podías pasar años al lado del ser amado y amarle siempre, de los chistes cotidianos, de lo importante que era tener con quien hablar y sentirte en paz, protegido y amado. Su amor me enseñó a ser feliz siempre. 

Mis abuelos habían crecido en el campo, así que a ellos no los impresionabas con tecnología de punta, sino con el esfuerzo que ponías en todo, en la escuela, en el trabajo, en la casa, disfrutaban los pequeños placeres, así, sin lujos, simplemente se enfocaban en lo que realmente importaba: La familia unida, comida en la mesa y la tranquilidad del amor. 

Ellos siempre me dijeron que yo podía hacer todo y al día de hoy, hago las cosas pensando en qué dirían, buscando motivos para hacerlos sentir orgullosos. Les tocó ver mi graduación de la universidad, no mi boda ni el nacimiento de mis hijos y me hubiera encantado que lo hicieran.

A veces cocino las recetas de la abuela, las hago según lo que recuerdo y mi momento favorito es cuando aparecen esos olores tan familiares que me hacen volver en el tiempo. Es nuestro momento, cuando ese olor me hace sentir que están en casa, que podremos compartir la mesa otra vez, un café o una partida de dominó. 

 

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