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Buena Vida

Tus hijos necesitan atención y tiempo, no regalos caros

A veces olvidamos que las cosas más importantes de la vida son aquellas que el dinero no puede comprar. 

Por: Ana Izabal

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Confundimos con mucha frecuencia el significado de "vivir bien". Es verdad que como madres que desean lo mejor para sus hijos, las limitaciones y prohibiciones exageradas pueden llegar a doler, porque se piensa que negar es igual a NO querer. 

Sin embargo, aunque muchos piensan que lo material es un buen relleno para las necesidades emocionales, tenemos que aceptar que una bicicleta cara o el videojuego de moda jamás podrá reponer las horas de ausencia y los encuentros apresurados a la hora de la comida. 

No estoy segura si sea el efecto de la época navideña o por mera reflexión mia, pero hoy comprendí que un hijo no necesita regalos caros, ni en Navidad ni nunca, sino tiempo, atención y amor. 

Sé que muchas madres hacen su mejor esfuerzo por cumplir con ambos requisitos y que los "lujos" son una forma de dar una buena vida a los hijos, pero la verdad es que hoy en día esa línea divisora ya se perdió por completo. 

 

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Creemos que las horas extras en el trabajo son una buena inversión para fortalecer el vínculo afectivo con los hijos a través de los obsequios, pero la única verdad es que el tiempo puede destruir todos los objetos, pero nunca los malos recuerdos y cuando esos hijos sean adultos habrá dentro de ellos un vacío que no podrán llenar, porque su tiempo habrá pasado. 

Esta reflexión viene a mi cabeza desde el punto de vista de una niña que lo recibió TODO en su infancia. Mis padres trabajaban mucho y hacían hasta lo imposible por asegurarnos una vida digna y cómoda, y por ello les estoy eternamente agradecida. 

 

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Mi padre es un hombre que no se deja deslumbrar por el dinero y debo decir con orgullo que es una cualidad que heredé de él. Es mejor comprender que el oro brilla, pero el sol es mucho más brillante. 

Aprendí que los excesos no son buenos y que los objetos son eso, meras cosas plásticas que te dejan de interesar después de matar las ganas que la propia imaginación crea. Luego lo deshechas y pides algo nuevo, y así pasas la vida preguntándote por qué nunca te sientes satisfecha. 

La respuesta a mis preguntas se reveló cuando comprendí que a pesar de la gran vida que mi papá me dio, lo que yo quería de él era tiempo.

Su trabajo siempre fue demandante y vivió en más ciudades de las que puedo recordar. Sus visitas a casa eran rápidas y aunque alegres y amorosas, creo que en el fondo odiaba verlo llegar después de semanas de ausencia porque sabía que volveríamos a despedirnos. 

 

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Me sobraron muñecas, juegos de té, ropa y viajes, pero me faltaron navidades, graduaciones, y cumpleaños. Me faltaron desayunos los lunes por la mañana y palabras de aliento en recitales y competencias. 

No digo que sienta por mi padre resentimiento ni nada por el estilo, como mencioné, me dio una vida buena y digna, siempre estuvo al pendiente de mis necesidades, pero aunque hoy soy una adulta aún perdura esa necesidad infantil de su compañía. 

Por eso lo digo y lo sostengo, tus hijos necesitan tu tiempo y atención, que los regalos podrán comprárselos ellos mismos cuando el momento llegue. 

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