Buena Vida

La realidad de vivir lejos de los que amas

No todo es miel sobre hojuelas.  El monitor se vuelve tu mejor amigo.

Por: Gisselle Acevedo

La realidad de vivir lejos de los que amas

La realidad de vivir lejos de los que amas

"Me acompañas a comer", le digo a mi madre mientras me encamino a acomodar la mesa, poner los platos y servir el agua, siempre cuidando que no se tape la vista del monitor de la computadora, ella está a kilómetros de mi, no puede abrazarme y por la nostalgia hasta se ha olvidado de regañarme, pero se sienta "a la mesa conmigo". Que cruel es la realidad de vivir lejos de los que amas y que solo una pantalla te los acerque. 

Debo confesar que nunca los extrañé como ahora, no soy una mujer que se apegue a nada, solo a mi perro, él ha viajado conmigo las últimas tres veces que cambié de dirección.

Pero ahora, por una extraña razón aprovecho cualquier instante para decirles te amo a los de casa, a los que dejé por venir en búsqueda de la aventura, del trabajo, de mejores cosas, de un buen amor. 

Me he vuelto presa de una pantalla. Cuando me siento frente a ella pierdo la noción del tiempo, hay veces que suelo perder el hilo de la conversación porque son tantas las cosas de las que tengo que hablar que yo sola me enredo. 

Sin duda he conocido gente buena estando lejos de mi hogar, pero como aquellos a los que amo, nunca. Es cruel vivir lejos de casa, tu vida social, la profunda, la la verdadera, queda en manos de la conexión a internet, porque mientras estás intentando comentar un tema existencial con tu amigo de la infancia, la imagen se pixela, el sonido se descuadra o directamente se va, y te acabas pasando el 20 por ciento de la conversación hablando sobre la propia calidad de la conversación: “¿hola? ¿me oyes? sí, yo a ti sí, ¿y tú a mí? ¿hola? no, no sé qué ha pasado, se ha cortado”.

Pero no te atreves a quejarte, porque solo de imaginar qué sería de tu vida sin las videollamadas o cómo era la vida de tus abuelos que se tenían que comunicar por teléfono fijo y se te cae el alma al suelo. Porque al menos con la pantalla puedes enseñar tu nueva casa paseándote con el portátil por cada habitación, preguntar qué tal te sienta el nuevo corte de pelo o ver a tu hermano menor como crece sin freno.

Sí, los que estamos lejos intentamos apagar con una videollamada la nostalgia de estar fuera de casa, de tener a miles de kilómetros a las personas que te quieren de forma incondicional porque has querido o tenido que perseguir lejos algo que ahora mismo ni recuerdas. Y le dices a tu madre: “¿comemos juntas?”, mientras pones en la mesa el plato, los cubiertos, cuidas que nada tape el monitor, que nada en realidad te obstruya verla aunque no la puedas abrazar. 
 

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