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Alexa: La triste historia de una Ninfómana

Tuve SEXO con más de mil hombres y mujeres de todas las edades en pocos años

Soy Carmin
Por Soy Carmin
  • Memorias de una ninfómana. Foto: actitudfem.com

    Memorias de una ninfómana. Foto: actitudfem.com

Para conservar su anonimato, pidió ser llamada «Alexa». Ella tiene 34 años, es profesional y a simple vista parece una persona normal.

ESTA ES SU HISTORIA:

Yo nací en una ciudad de clima cálido en Colombia, por lo que mi mamá me bañaba tres veces al día. Desde muy pequeña yo sentía mucho «placer» cuando el agua caía sobre mi cuerpo. Veía a mis padres bañarse desnudos y juguetear  en la ducha, al igual que a mi hermano mayor, la desnudez era natural en mi hogar. Dormí con mis papás hasta los siete años, pero cuando me obligaban a quedarme en uno de los cuartos de la casa yo sabía que ellos iban a hacer el amor, porque los observaba y escuchaba. Esto producía en mí emociones confusas, pero, sobre todo, miedo y excitación.

Desde que tengo memoria, siempre he notado en mis zonas íntimas una especie de «corriente». En ocasiones, sin darme cuenta, yo realizaba con mis caderas movimientos circulares, hacia adelante y hacia atrás, mientras estaba sentada en el comedor de mi casa, viendo televisión o leyendo; en otros lugares ocurría lo mismo, e inclusive cuando hacía una visita, por lo que mi mamá me regañaba o me pellizcaba en un brazo. En el colegio, a la hora del recreo, montaba en los columpios; y en el sube y baja, me encantaba la sensación del roce entre mis piernas, junto con el viento. Yo me tocaba mis genitales, y me preguntaba por qué los tenía tan pequeños y con pocos bellos, en comparación con los de mi madre.

 

Cuando cumplí diez años, mi hermano mayor, Henry, en ese entonces de 14 años, me mostró una revista pornográfica, en donde vi a varias parejas que sostenían relaciones sexuales. Pero lo que más me impactó fueron las fotografías de unos penes grandes y las expresiones de dolor en el rostro de algunas mujeres. Yo me asusté, por lo que  mi hermano se rió, y eso me hizo sentir ridícula. Llena de rabia, lo acusé ante mis padres por tener esas revistas, y nos castigaron a ambos, lo cual me pareció injusto. Nada de eso bastó para que yo olvidara las imágenes de aquella revista.

Esa obsesión nunca logré calmarla, por el contrario, fue aumentando con el paso del tiempo; y la curiosidad era superior al miedo de los reproches familiares. Un día le hurté  a mi hermano la revista, que escondía en su cuarto; al mirarla con detenimiento descubrí cómo las mujeres se tocaban su cuerpo, y yo empecé a imitarlas. Esa exploración me llevó a conocer la masturbación, lo cual  me ayudaba a mitigar el «calor» en mis partes íntimas. Posteriormente, empecé a buscar por Internet películas depravadas, las cuales aumentaban desesperadamente mis deseos carnales.

Ninfomanía. Foto: ec.bloguer.com

 

Yo no perdí la virginidad con ningún hombre, pues en mi desbordado delirio sexual durante la adolescencia me introducía en mi vagina objetos de diferentes tamaños, como cepillos para el cabello, controles del televisor y hasta frutas. Mi primer contacto sexual con un hombre fue con el tendero de la esquina de mi casa. Él tenía aproximadamente 40 años, y yo, 15. En esa ocasión me llevó a una pequeña bodega en la parte de atrás de la tienda, donde empezamos a tocarnos hasta llegar a tener sexo oral. Esto en vez de repugnarme me complacía demasiado, a pesar de que el hombre era feo, sucio y olía mal; no obstante, tuvimos sexo durante muchos meses. A partir de ese momento fui perdiendo los límites, y cada vez me acostaba con más hombres.

Durante mi rehabilitación me di cuenta de que nunca he amado a ningún hombre, en parte porque no fui honesta con ellos respecto a mi enfermedad. Recuerdo haber tenido pretendientes que se asustaban conmigo, no eran capaces de saciar mi apetito sexual y por eso siempre terminábamos abandonándonos mutuamente.

Me costaba mucho entablar relaciones serias, todas las emociones producidas por una buena película, un paseo, una fiesta de cumpleaños o la alegría de recibir un regalo se transformaban en impulsos sexuales y en fantasías eróticas que quería realizar. El solo hecho de tener un pequeño roce con la piel de mi pareja, su olor o un simple beso en los labios me estimulaba grandemente.

Apetito sexual. Foto: fixxxioncine.wordpress.com

 

Cada vez me sentía más sola y deprimida, por eso empecé a comer con ansiedad al igual que a consumir alcohol para calmar mis estados nerviosos. Siempre vivía con la necesidad de llenar vacíos en mi vida, los cuales crecían permanentemente. Varias veces tuve «lagunas mentales» por culpa del alcohol, y en una ocasión me desperté rodeada de al menos diez personas todas desnudas que hablaban de la increíble orgía que habían llevado a cabo. Me horroricé al ver mi cuerpo tan usado, maltratado y no saber ni siquiera con quién estuve.

Fue una acumulación de situaciones y sucesos que degradaron mi autoestima, y que me hacían  sentir «sucia» y culpable ante mi familia y amigos. Al mirarme al espejo, sentía una gran vergüenza por haber tenido cópula carnal con no menos de mil hombres y mujeres de todas las edades y clases sociales en tan pocos años. Me daba lo mismo estar con un abogado, un arquitecto, un portero, un obrero o con varias mujeres, lo importante era saciar mis impulsos sexuales.

Sentía vergüenza. Foto: sexualidad.salud180.com

 

Me contagié de algunas enfermedades de transmisión sexual como la sífilis y el herpes genital. A pesar de planificar con anticonceptivos, en ocasiones olvidaba tomar las pastillas, y, en consecuencia, tuve varios abortos, con lo que ponía en peligro mi integridad personal. En el último procedimiento, la hemorragia fue tan abundante que perdí el conocimiento, y la amiga que me acompañó a ese consultorio tuvo que llevarme de urgencia a una clínica. Estando allí, mi papá, al enterarse de la situación, llorando, me rogó que buscara ayuda. Ambos nos abrazamos, y el sentirme perdonada y aceptada por él, a pesar de mis bajezas, hizo que renaciera en mí la esperanza de poder sanarme.

Por recomendación del médico psiquiatra de la clínica me puse en manos de -un grupo interdisciplinario compuesto por psicólogos y psicoterapeutas que atendieron mi caso. Como complemento al tratamiento, empecé asistir a un grupo de apoyo para adictos sexuales, en donde después de varias reuniones pude aceptar que era una compulsiva sexual.

 

La ninfomanía es una enfermedad. Foto: forum-auto.com

 

Aprendí que mi vida se había vuelto ingobernable, y que solamente un milagro a través de mi poder superior podía devolverme el «sano juicio». Es indescriptible la calma que sintió mi cuerpo cuando acepté mi enfermedad. Por primera vez, en varios años, pude sentir un descanso en el alma y algo de paz en la mente. Las confrontaciones con los psicoterapeutas me están haciendo entender el porqué y el para qué de mi disfuncional comportamiento.

Estoy comenzando a afrontar mi problema, ya no busco distracciones ni relaciones sexuales. He dejado de culpar a los demás de mis traumas de infancia. Ahora siento que tengo mayores recursos para lidiar con mis desequilibrios emocionales y mis erradas decisiones personales. Vivo sin proyectarme, y pongo en práctica los lemas del grupo y los aplico constantemente. Frases como: «Solo por hoy»; «Hazlo con calma»; «Vive y deja vivir», entre otras, me mantienen a salvo día a día.

Luz en su oscuro camino. Foto: zocalo.com.mx

 

Mis impulsos y obsesiones se las entregué a mi poder superior. Desde hace unos meses he mejorado mis relaciones con los demás, sin necesidad de verlos como objetos sexuales. Al concederle a usted esta entrevista, me siento optimista de que con mi ejemplo muchas personas que padecen esa terrible enfermedad tengan una luz en su oscuro camino y puedan romper las cadenas de esa prisión emocional y física; y que se conecten  a una nueva vida, básicamente espiritual.

 

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