Buena Vida

Soy la bruja del cuento que quisiste contar

Me llaman fracasada, así a secas, como si esa etiqueta no le hiciera sangrar el alma a cualquiera. 

Gisselle Acevedo
Por Gisselle Acevedo

Una mujer divorciada, a eso fue a lo que me redujiste con tu partida. Como todas, me casé pensando que los para siempre existían y hoy me miró aquí, peleando por obtener un poco de respeto del mundo. 

Me llaman fracasada, así a secas, como si esa etiqueta no le hiciera sangrar el alma a cualquiera. 

 

 

Comienzo a pensar que la vida no tiene piedad para conmigo y aún peor, que tú, al que un día llamé el amor de mi vida, hoy eres ya mi peor enemigo. 

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No, eso no lo decidí yo, lo hicíste tú al contar que era la bruja del cuento, la loca, la poco comprensiva, la obstinada, la revelde, la frígida, la amargada, la estúpida, la tonta.

 

 

Y aún peor, la que hicíste quedar como PUTA por pedir un divorcio que era necesario, obligatorio, requerido porque siendo sinceros cada día odiábamos más vernos a la cara cada amanecer. 

Ante todos aseguraste que era mi culpa que esta relación se fuera a la "mierda". Según tú, yo no ponía de mi parte cuando era quien lo daba todo, pero se cansó.

 

 

Por qué no dejas de ser tan cobarde y terminas por aceptar que una relación se sostiene con acciones, no con palabras bonitas, que se sustenta en pilares firmes, no en mentiras tontas, que el amor es de dos, no de la que tiene que esperar horas a que llegues a casa.

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Hombre basta, de tus acusaciones, basta de más engaños, basta, basta... Estoy cansada de asumir culpas, de escuchar juicios, de ser condenada por la historia que tú contantes y me dejó como la bruja. 

 

 

Por qué no terminas de decir que si esto se fue al carajo fue por tu falta de pantalones, por tu decisión absurda de buscar en otra cama lo que no querías recibir de mí. 

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Por qué no les dices a los que hoy me juzgan que a mi lado nunca te faltó nada, que fui una mujer buena, pero me cansé de serlo y por eso me condenaste al olvido.

 

 

Por último, por qué eres tan incapaz de ver que a la mujer a la que le profesaste amor eterno la destrozaste y la poca fuerza que le quedó la ocupó para alejarse de su verdugo, no por cobardía, sino porque no valía la pena seguir atada a alguien que pide amor, pero a cambio solo da migajas.

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