Buena Vida

¿Por qué duele tanto ser rechazado?

Una investigación científica te dice el motivo y cómo solucionarlo. 

Jasiel Armenta
Por Jasiel Armenta

Una de las necesidades del ser humano es pertenecer a un grupo sea de la índole que sea, pero imaginemos que somos rechazadas por ese grupo de amigas que amamos, por ejemplo, llegar a un lugar y de repente vemos a nuestro alrededor a la gente "secreteandose" y luego vemos en Facebook fotos posteadas por esas mismas personas de esa reunión a la que no fuiste requerida y te sientes escoria de la sociedad, como si tuvieras un virus que provoca que los demás te saquen la vuelta.


Pero, ¿Por qué nos duele tanto ser rechazados?


Los neurocientíficos han estudiado lo que pasa en el cerebro de las personas cuando se sienten socialmente rechazadas. Hace algunos años que un grupo de psicólogos y economistas de las universidades de Nueva York y la Rutgers de Nueva Jersey publicaron en la revista Science, la extraña conducta de quienes en las subastas públicas apuestan cantidades superiores a lo razonable. Mediante la conocida técnica de la resonancia magnética funcional decidieron observar cómo se activaba el cerebro de 17 personas en el transcurso de juegos que simulaban situaciones de competencia social como las que se dan en una subasta pública. De ese modo observaron que los individuos que tendían a apostar más de lo razonable solían ser los que además de haber perdido apuestas anteriormente, cuando perdían se les activaba más de lo normal su estriado, una región del cerebro relacionada con procesos mentales de gratificación o recompensa.

La contemplación de la pérdida en un contexto social, es decir, lo humillante que puede resultar el verse derrotado en público y sentirse por ello devaluado por los demás. Así, el “sobreapostar” sería una reacción emocional natural, quizá equivocada, pero tendente a evitar el posible malestar ocasionado por nuevas derrotas públicas.

Pero las investigaciones y teorías no acaban aquí, hubo también una investigación de exclusión social, donde un grupo de científicos, esta vez de las universidades de California en Los Ángeles y de Sydney en Australia, observaron que a los jugadores de baloncesto a los que sus compañeros no les pasaban pelotas y decían sentirse por ello ignorados y excluidos se les activaba en sus cerebros la corteza cingulada anterior, es decir, la misma área del cerebro que se activa con la sensación de sufrimiento que acompaña al dolor físico de cierta intensidad y duración. Parece entonces que el cerebro reacciona frente a la exclusión social produciendo sentimientos muy parecidos a los que tenemos cuando se daña físicamente nuestro cuerpo.

¿Cómo reacciona entonces quien se siente excluido o derrotado? 

Generalmente ese duro sufrimiento dificulta el razonamiento de quien lo padece para asumir si fuera el caso su propia responsabilidad en la exclusión, por lo que lo más habitual que suele ocurrir es que el excluido acabe generando inconfesables sentimientos de envidia y rencor, cuando no de odio, hacia quienes considera verdaderos responsables de su fracaso. 

Lo más especial llega con el tiempo, cuando el considerado culpable de la exclusión fracasa, pues es entonces cuando aparece en todo su esplendor, es ese un sentimiento para el que los alemanes han inventado un término que ya ha sido adoptado también en otras lenguas: Shadenfreude que podria ser como "alegría maliciosa". 

 

 

Puede corresponderse con el “cuanto peor para él, mejor para mí”, frase que según algunos se atribuye a Vladimir Lenin en relación con sus rivales y la política de su tiempo. 


La Shadenfreude es también una de las mayores fuentes de hipocresía, porque, el que la tiene, aunque está contento en su interior, se muestra aparente y falsamente preocupado. Así, puede decirle a su oponente cosas como “es una pena que te hayan rechazado el trabajo, pues era muy bueno”.

 

 

 

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