Buena Vida

Natasha, mi mascota favorita

Me enseñó amar a los animales y al ser humano

Norma Portillo
Por Norma Portillo
  • Amor incondicional   (Foto: Carsoncanineadventures.com)

    Amor incondicional (Foto: Carsoncanineadventures.com)

Hace años llegó a casa una perra pastor alemán de nombre Natasha, era un animal temeroso y triste. Recuerdo que cuando llegaba gente a casa, ella se escondía debajo de cualquier mueble que le sirviera para ello, incluso, el ruido del tráfico la enloquecía y se la pasaba temblando.

Pasó el tiempo y Natasha, poco a poco cambió su personalidad, empezó a ser traviesa, movía la cola cuando algo le gustaba y ladraba cuando esto no sucedía.

Con ella crecieron mis dos hijos, para el mayor era su adoración y que decir del menor, creció junto a ella, la agarraba de caballo, y nuestra perra lo cuidaba ante cualquier persona que quisiera tan sólo tocarlo.

Recuerdo que cuando salíamos de vacaciones, la dejábamos encargada con algún vecino. Al ver que estábamos arreglando nuestras maletas, ya sabía que la dejaríamos sola por algunos días y ante eso reaccionaba haciéndose la indiferente, a la que por más que le habláramos no hacía caso.

Natasha me enseñó a amar a los animales. Cuando yo cocinaba, ella se sentaba cerca y escuchaba toda mi perorata. Cierto día, me descubrí diciéndole “hija”, fue cuando me percaté que era parte de la familia.

Una amiga me decía que parecía coyote, pero para mí era la pastor alemán más bonita que había visto. Cuando le hablaba, hubiera jurado que me entendía, ponía una pose de “te estoy escuchando” y eso, para mí, era terapéutico.

Con el paso de tiempo, Natasha se hizo vieja, ya no corría por toda la casa, tampoco ladraba a los transeúntes y menos peleaba con otros perros. Empezó a enfermarse más seguido y a decaer de ánimo.

Cierta mañana en la que estaba haciendo la comida, yo le hablaba de lo que pasaba en casa y ella escuchaba, de pronto me di cuenta que estaba muy seria y tranquila. Voltee a verla y vi que sus ojos me querían decir algo, parecía que me dijera, “por favor, ya déjame ir”.

En ese momento, llamé al médico veterinario, le dije que quería que la pusiera a dormir porque estaba muy enferma y vieja; lógico es que no le comenté el sentimiento que despertó en mí. Mi familia y yo lloramos su muerte; creo fehacientemente que lo que hice fue un acto de amor.

Hoy pienso que si un animal nos despierta tantos sentimientos hermosos, que no despertará el ser humano, con el que tenemos que congraciarnos constantemente para ser de este planeta un mundo  mejor.   

 


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