Buena Vida

¡El aborto que me permitió ser madre!

El calvario de una mujer que decidió abortar para ser  mamá

Soy Carmin
Por Soy Carmin
  • Mujer embarazada   (Foto: Besterapia.com)

    Mujer embarazada (Foto: Besterapia.com)

La periodista chilena Paola Dragnic comenta la desgarradora experiencia que pasó en su país de origen para poder ser madre.

Paola contaba con 36 años de edad, cuando decidió junto con su marido padres por primera vez; poco tiempo después empiezó su historia de dolor y angustia.

Paola siempre supo que algo no andaba bien, sin embargo, el médico chileno que la atendía hizo caso omiso a sus síntomas.

Se pasó 14 semanas de embarazo, con vómito, intoxicación general y finalmente sangrado uterino; fue entonces cuando el doctor que la atendía les dijo: “Es grave, hay que sacarlo, pero en Chile no se puede. ¿Tienen dinero para viajar?”

He aquí su historia narrada por ella misma.

Marcelo y yo nos miramos, y la respuesta tenía que ser sí, aunque no tuviéramos un centavo disponible.

Al insoportable estado físico en el que me encontraba, le sumaba entonces dos noticias abrumadoras: ya no sería mamá y me iba a morir si no lograba viajar fuera del país a interrumpir el embarazo.

En cuestión de segundos, pasé de ser una tierna y gordísima embarazada a ser una especie de ataúd andante de un proyecto de hijo que no sólo estaba casi muerto sino que además, me estaba matando a mí.

No conforme con el luto y el terror que brota desde las vísceras, tenía que convertirme en la productora ejecutiva de mi propio aborto si quería salvar mi útero y mi vida.

Paola y su esposo Marcelo   (Foto: Buzzfeed.com)

 

El doctor explicó varias veces el “error genético” que había ocurrido: Si las mujeres en general tenemos 46XX y los hombres 46XY cromosomas, mi feto tenía la configuración genética triple: 69XXX.

Esa aberración genética producía un desorden tan letal en mi cuerpo que rápidamente la placenta se llenaba de tumores cada vez más grandes y prolíficos (“como racimos de uva”) y mis hormonas subían de forma peligrosamente vertiginosa.

“Por eso estas cada vez más mal. Es como si tuvieras encima las hormonas de 10 embarazos juntos”, me dijo el doctor. Esa era la intoxicación que yo describía durante semanas, y que nadie pareció advertir como un síntoma válido.

Comenzó entonces una vorágine que ninguna mujer debiera enfrentar, porque la necesidad y decisión de un aborto terapéutico no puede convertir en delincuente a quien, sólo una ecografía atrás, iba a ser madre.

Mientras tanto, yo no tenía ni siquiera cuerpo para la tristeza o el luto, me costaba caminar, me costaba mirar, escuchar, sólo vegetaba de un lugar a otro haciendo los trámites necesarios, y por supuesto, vomitando.

Día por medio me hacían una ecografía para ver el grado de invasión de los tumores y verificar el estado del feto que aunque seguía vivo, estaba casi aplastado. ¿Qué estaban esperando? Que muriera el feto para no tener problemas legales, que yo lograra viajar fuera del país o bien, que mi estado fuera absolutamente de riesgo vital, para entonces tener una razón incuestionable y “salvarme”.

En medio de las indagaciones legales para demandar al estado de Chile y del miedo de las entonces ONG’s feministas que no se atrevieron a semejante arremetida, caí en una especie de shock que terminó conmigo en la urgencia de la clínica.

El médico me explicó que el último examen de sangre había arrojado niveles hormonales inaceptables y que mi intoxicación era letal. Me dijo que el comité de ética había autorizado a hacer todo lo que fuera necesario para salvarme y agregó que “quizás después tengamos que hacer algunas quimioterapias, pero es suave, no te preocupes porque no se cae el pelo”, me dijo, mientras yo en medio de la obnubilación en la que estaba, pensaba realmente a quién podría importarle el pelo en un momento como ese.

Paola Dragnic   (Foto: Labatalla.cl)

 

De pronto sentí que se rompió la bolsa y comenzó a caer líquido amniótico. En ese momento, perdí el control y la ira se apoderó de mí. Me había torturado 4 meses y medio y ahora pretendían hacerme parir de forma natural para simular una pérdida o quién sabe qué.

Descontrolada, gritaba poseída por la rabia: “no me hagan parir malditos hijos de puta, yo no voy a ser mamá. No me hagan esto. Voy a llamar a la policía, hijos de puta, anestésienme ahora”, chillaba mientras la habitación se llenaba de personal de salud y yo extendía mi brazo exigiendo anestesia general.

Tenía 4 meses y medio de ese letal embarazo, y estaba en una de las mejores clínicas privadas de Chile, que en ese entonces se postulaba a la certificación de la Joint Commission Internacional.

En ese momento todo se precipitó, de pronto vi las luces del quirófano arriba y una mascarilla sobre mi rostro. No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero cuando desperté, una enfermera acariciaba mi mejilla, y al otro lado, el médico susurraba: “todo pasó ya, tranquila”.

Dos espesas lágrimas cayeron por mis mejillas, cerré los ojos, y sentí el suspiro más profundo que hasta ahora he tenido en mis pulmones y el alivio más reconciliador que he podido experimentar: ya todo había pasado.

Un año después, luego de que cada viernes me sacaran sangre y me hicieran ecografías para monitorear el retorno a la normalidad de mi organismo, volvimos a echarle mano a ese útero desgastado pero fuerte, que había sobrevivido a tanta estupidez moral y entonces fecundamos la esperanza en un óvulo que 9 meses más tarde, nos entregó a la pequeña Sofía de 52 centímetros y 3.690 kilos de peso. La misma que hoy, con 7 años de edad, sabe perfectamente que antes que ella naciera, la mamá tuvo un embarazo que no resultó y que tuvieron que sacarlo.

Dos años más tarde, me volví a embarazar y entonces nació nuestro querido Simón Nicolás hoy de 4 años. Todo, gracias a un aborto que me ha permitido ser mamá.

Con información de Buzzfeed.com

 

¿Abotarías de tener un problema así?

 

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