Buena Vida

Color de Verano

Un buen sabor de boca, una sonrisa en la cara, un suspiro que se corta y un poco de nostalgia en el corazón

Beatriz Acevedo Tachna
Por Beatriz Acevedo Tachna

Últimamente les he estado platicando mucho de una serie de anécdotas que me pasan por la cabeza de manera muy efímera, pero algo dejan: Un buen sabor de boca, una sonrisa en la cara, un suspiro que se corta y un poco de nostalgia en el corazón. Hoy les platico que me vi al espejo esta mañana de lunes (recuerden que escribo con una semana de anticipación) y me di cuenta que hace mucho tiempo no estaba tan prieta. Sí. ¿Qué creían? ¿Que les iba a sacar algo bien profundo? ¡Pues no! 

Realmente me impresioné del bronceado perfecto que he ido logrando en lo transcurrido del verano, y me asusté un poco porque quién sabe si me tenga que cambiar el apellido a Palazuelos para cuando termine la temporada. El caso es que mientras me vestía y volteaba al espejo, me di cuenta que mi trasero estaba ridículamente blanco, con un ‘bikinazo’ marcado en diferentes zonas, y que se iba degradando poco a poco.           

 

 “Es que en la familia existe el gen nórdico y estamos rodeados de puro güero chapeteado, rosita o apiñonado, y el que nos vino a dar el traste fue el ‘licenciado’”

 

Por un momento deseé que las playas nudistas fueran populares en México para no andar con esas mortificaciones de que si se te marca el tirante, o te pones strapless, pero si te revuelca una ola se te va caer; en fin, todos esos pormenores por los que tenemos que pasar las mujeres. En fin, me seguí cambiando y recordé que hace años, muchos, que parecen más a mis 31 años, yo era una negrita color azabache, y esto no se debía a que mi madre santísima no me pusiera bloqueador, al contrario, me acuerdo perfectamente que nos compraba Zinka de todos colores y se ponía artística a la hora de aplicarlo, y ahí andábamos con la cara fosforescente todos los “negritos” Acevedo, las ovejas prietas, como me gusta llamarnos.  

Y es que en la familia existe el gen nórdico y estamos rodeados de puro güero chapeteado, rosita o apiñonado, y el que nos vino a dar prácticamente al traste fue el “Licenciado”, como se refería la gente a mi padre, que se autodenominaba “feo gustón”, y quien presumía de tener una simpatía arrolladora que conquistaba, seducía y encantaba y que probablemente heredé yo (jaja).

Pero la culpa no la lleva sólo él, también mi madre fue la morenita de agencia entre todos sus hermanos güeros; se me hace que la dejaron de más en el horno, o a los demás los sacaron crudos. Total, a lo que voy es que durante mi infancia fui un chanate descarapelado y feliz; no se distinguía cuándo empezaba mi pelo negro ni terminaba mi frente. Lo sé porque veo fotos y digo: “Qué fea niña”. Aparte, con unos cortes de pelo que no me favorecían para nada. Pero como les decía y les repito, vivía plena.     

No sé en qué grado de primaria, supongo que al final, cuando una se empieza a querer hacer sazona, odié el sol. Quería, como dice la canción de ‘La Cucurumbé’, “ser blanca como la espuma”, y dejé de asolearme; si íbamos a la playa, me ponía cachuchas, bloqueador, manga larga y me sentaba bajo una palapa para evitar el tueste. Y así pasó el tiempo, hasta que llegue como a los 20 y empecé a ver mis fotos, en las que mi ‘prietez’ se había convertido en una morenez verde y amarillenta que me hacía parecer enferma. Fue cuando decidí que más vale prieta que descolorida, y empecé con la tarea de agarrar siempre un colorazo cada verano, repitiendo en mi mente la canción que mi madre siempre nos cantó: “Las morenitas son mas bonitas, las que yo quiero de corazón, porque a las güeras descoloridas nadie las quiere ni de pilón”. Obvio, ¡sin agraviar! Saludos, y que tengan excelente domingo. 

@beacevedotachna


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