Buena Vida

7 errores que te llevarán a casarte con la persona equivocada

No te apresures en tomar la decisión si es que no te quieres divorciar a vuelta de año.

Norma Portillo
Por Norma Portillo
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Los hombres que por lo regular huyen del matrimonio porque creen que van a perder su libertad y se sienten presos en él, son los primeros que en el ocaso de sus vidas terminan por correr al lado de la primer mujer que se les atraviesa por miedo la soledad.

Tarde entienden que envejecer solos sin que nadie les aviente con un pan o les dé un vaso de agua es para ellos catastrófico.

La figura del matrimonio cada vez se está desgastando más, hay más divorcios y se están educando hijos más inseguros.

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Solamente en México, en 2013 se registraron 108 mil 727 divorcios. Lo que ya parece una moda. Y es que los jóvenes se casan y ante la primer dificultad que se les presenta, en vez de sentarse a dialogar, huyen de la responsabilidad.

Es muy común encontrarse parejas que sienten que se casaron con la persona equivocada y esto porque se cometen errores al tomar esa gran decisión. Algunos de los errores más comunes son:

En primer lugar, no nos conocemos a nosotras mismas

 

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Pasamos la vida tratando de apegarnos a la norma, a lo que la sociedad considera correcto y esto trasciende a todos los ámbitos de nuestra vida, convenciones sociales que repercuten en nuestras decisiones, desde la elección de una carrera, el modo de vestir, la preferencia sexual y hasta el matrimonio.

El miedo es el eje rector en la sociedad en la que vivimos, conduce nuestras vidas y nos inculcan la idea de que en el riesgo llevamos todas las de perder, por lo que no salimos de nuestra zona de confort y no exploramos otras cosas, aceptamos lo que se nos da, es más fácil alinearte que revelarte.

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Terminas sin conocer nada más, incluso dejamos de conocernos a nosotras mismas.
No tenemos el hábito de autoconocernos y revisar nuestro interior, porque si lo hiciéramos, seguramente encontraríamos cosas que no nos gustaría saber que están ahí.

Sin embargo, es necesario que nos sumerjamos en nuestro yo interior para saber quiénes somos y qué es lo que queremos obtener mientras estamos vivos.

En segundo lugar, el trabajo que nos cuesta comprender a los otros

 

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Somos seres egoístas que nada más nos fijamos en nuestro bienestar, siempre compitiendo con los demás, cosa que nunca termina.

Prácticamente, el término empatía está quedando en desuso y ponernos en los zapatos del otro es imposible, porque siempre queremos tener la razón y no entendemos que el mundo se rige bajo sus propias leyes y no bajo nuestras perspectivas.

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Al ser así, prácticamente es imposible lograr comunicarnos con nuestra pareja, porque siempre pensamos en primera persona, en el yo, en lo que nos conviene y en cómo podemos obtener el mayor beneficio del otro.

En tercer lugar, no sabemos ser felices

 

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No sabemos amar, aprendimos que en el amor se sufre y que cuando realmente se ama, el dolor va implícito.

Constantemente nos involucramos con personas equivocadas, en relaciones destructivas en donde reina la dependencia emocional y nos enfrascamos tanto ahí que no nos damos cuenta cuando llega a nuestra vida la persona que realmente vale la pena.

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Personas que nos ayudarían a crecer, personas estables, maduras y confiables.

Reproducimos patrones, porque son lo único que conocemos porque están ahí desde nuestra infancia, pero sobre todo en el fondo pensamos que no merecemos ser felices.

A pesar de desearlo, lo que en realidad buscamos es aquello a lo que estamos acostumbradas.

En cuarto lugar se encuentra la soledad

 

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No nos gusta estar solas, tampoco sabemos estarlo. Todas alguna vez hemos querido pasar un domingo por la tarde compartiendo el sillón con una persona especial.

En caso contrario, calan los huesos por sentirte terriblemente sola, por lo que con tal de llenar ese vacío tomamos la decisión de estar con alguien que no amamos.

En quinto lugar está la presión social

 

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En nuestra sociedad, a cierta edad está mal visto estar soltera. Todas las amigas empiezan a casarse, tener hijos y la presión social de que te cases empieza a ser cada vez más fuerte.

Habrá mujeres que esto se les resbale, pero habrá otras que se sentirán mal y tratarán de forzar las cosas.

Casarse implica que hemos “sentado cabeza”, es decir que hemos alcanzado la madurez emocional y económica como para contraer ese compromiso.

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El matrimonio se convierte en un contrato, seguridad financiera, reparto de bienes, estatus social y el romanticismo nadie se cuerda de él.

Irónicamente, en un intento por rescatar el lado amoroso del matrimonio, no nos detenemos a pensar fríamente las cosas, a evaluar los pros y contras porque “el amor no se piensa, se siente”, y aunque en cierta medida esto puede ser verdad, tampoco deberíamos dejarnos llevar únicamente por los impulsos.

En sexto lugar creemos que casarse es sinónimo de amor y no necesariamente lo es

 

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Lo más natural del mundo es tener un noviazgo y después de cierto tiempo , dar el siguiente paso ante el altar.

Al acudir a la institución de la iglesia pensamos que en ella encontraremos la felicidad y el amor eterno, que si sellamos el trato entonces haremos permanente todos esos momentos perfectos.

Pasamos por alto el hecho de que también habrá problemas, etapas difíciles y que no se compara la experiencia de ser novios con la de ser esposos.

En séptimo lugar, queremos dejar de buscar el amor

 

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Terminamos hartas de las citas que no nos llevan a ninguna parte, del sexo casual, de corazones rotos.

Tratamos de dejar todo eso y casarnos con el primero que llegue sólo por el hecho de sentirnos acompañadas.

Así que por esto terminamos casándonos con la persona equivocada. Cuando te llegue el momento de decidir haz conciencia de ello, tómate tu tiempo, sin prisas.

No querrás a vuelta de año estar divorciándote, tal vez tu decisión no sea el matrimonio, tal vez quieras probar primero el amor libre. Lo único que tienes que hacer es preguntarte por qué te casas.

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